Temblores

Martorell Art &People

Abril 2012

Curaduría: María Carolina Baulo

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Me toca vivir en tiempos donde la multiplicidad de opciones expresivas me permite ver un despliegue inédito de talento. Sin embargo, saber pintar, dibujar o crear estructuras tridimensionales con admirable destreza no convierte a una persona en un artista sino en un virtuoso. El artista, además del trabajo duro que se impone como un imperativo categórico, lleva en su esencia atributos propios a su naturaleza, que no se adquieren y lo convierten en único en su especie. El artista respira arte, lo piensa, lo cuestiona y lo produce aun cuando quisiera en algún momento detener esa rueda, sabiendo que resulta imposible porque su obra lo trasciende. Y él acompaña, ayuda, fluye con esa pulsión entregándole su vida.

 

Hablar de la obra de Emilio Fatuzzo me inspira ante todo definirlo como un ser que no pasa desapercibido por su fisonomía, por su actitud y fundamentalmente por su obra. Emilio interviene - se interviene -  con su arte todo lo que está al alcance de su mano. Sus obras salen del lienzo para vivir en las paredes de su casa-taller, en su bicicleta, en las mesas, la notebook, el piso, sus zapatos o sus manos. Su rostro joven y colorido se ilumina, se enoja, debate, lucha, amenaza, pero ante todo dialoga con los cuadros…los ama y los odia, se pelea con ellos, los lastima y los cura, se seducen mutuamente y viven un amor libre, desenfrenado. Los ama porque son parte de su propio ser, desmembramientos, hijos que extraña cuando no están.

 

En medio de tanta manifestación efímera del arte contemporáneo donde muchas veces nos cuesta encontrar el eje y el fundamento desde donde conectarnos con las obras, el trabajo de Emilio logra remitirnos a cuestiones primigenias, al hoy por hoy ya viejo desafío del artista frente al pincel en mano y la tela, nada más ni nada menos. Se vale de lo básico para transmitir lo complejo; un juego entre la planimetría del lienzo provocador, la presencia matérica de la pintura y la energía del artista que se proyecta y plasma poniendo en evidencia un estado de ánimo, un carácter. Una obra con gesto, con trazo profundo, una pintura de acción como aquella que el siglo XX nos ha heredado tanto de las vanguardias americanas, las europeas y los maravillosos artistas argentinos de la neo figuración, por nombrar algunos. En pleno siglo XXI, donde la lucha por la novedad y la superación de la propuesta anterior busca alejarse de la aparente simpleza de los pigmentos y los soportes 2D, Emilio Fatuzzo elige manifestar su arte a la vieja usanza. Y sus obras emocionan, invitan a ser observadas largo rato, son honestas porque son el propio artista; sus obras dejan algo, enriquecen a quien las mira porque invitan a pensar pero fundamentalmente a sentir.

 

Contradictorio, temeroso como un niño por momentos y sólido como un roble en otros, acompañado siempre por su soledad y sus pensamientos coherentes en su confusión, Emilio sabe que lo único que no puede hacer en esta vida es ir en contra de su arte porque sería negarlo y negarse. Entendió hace mucho tiempo, siendo aun mucho más joven de lo que es hoy día, que lo que uno siente que tiene que hacer, aquello que resuena en el pecho con una intensidad tal que no permite que se lo ignore, eso hay que hacerlo por uno mismo…solo. Porque nadie espera para darnos la llave ni el permiso para vivir la vida que nacimos para vivir. Y tuvo la fuerza necesaria para sortear y transmutar todas las pruebas que le tocaron en suerte y la inteligencia suficiente de saber rodearse de quienes pudiera aprender el oficio del trabajo y la alegría de vivir creando para sí un mundo fantástico donde reina un aparente caos aunque perfectamente contenido.

 

En términos filosóficos, diríamos que es la estructura del Idealismo la que plantea que la conciencia es la que determina la vida; ideas con entidad propia que dan fundamento a la existencia. Aquí tenemos entonces una inversión de términos tal como lo plantearía el Materialismo, donde es la vida la que determina la conciencia de los hombres, es la materialidad de la existencia la que nos permite pensar. Emilio Fatuzzo no trabaja desde los conceptos previos sino desde la materia que da forma al contenido. Y ese contenido al que le da forma una y mil veces, cada día en cada pincelada, es él mismo.