Wine, Tango & Arte

Martorell Art &People

Agosto 2011

Curaduría: María Carolina Baulo

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"Y brindemos, nomás, la última copa,
que tal vez también ella ahora estará
ofreciendo en algún brindis su boca
y otra boca feliz la besará.
Eche, amigo, nomás, écheme y llene
hasta el borde la copa de champán,
que mi vida se ha ido tras de aquella
que no supo mi amor nunca apreciar"

La última copa, Francisco Canaro-Juan Andrés Caruso


La obra de Jorge Martorell me resulta familiar; hay algo de mí que se refleja en una primera mirada sin filtro, algo que hace que la sienta íntima. Cuando la mirada entrenada toma la posta, empiezo a descubrir que ese “algo” tiene que ver con mi historia y mis gustos, con el tango, la nostalgia, la supremacía de la sensibilidad, el baile, las pasiones, el contacto con el otro, la pintura, el arte. No tanto el vino, y eso la hace mucho más interesante porque empiezo a reconocer en ese vino, otro de los tantos poderes que se le atribuyen; en este caso el vino es plausible de ser manipulado para pintar. Entonces mi atención queda atrapada por completo porque no sólo me encuentro con una obra que me habla en un lenguaje que conozco y entiendo desde el corazón sino que me presenta la posibilidad de experimentar en un terreno que activa el factor sorpresa, hoy por hoy muchas veces adormecido. No quiero destacar una vez más la técnica utilizada por el artista, los procesos creativos o redactar casi de memoria una trayectoria abultada – que la tiene-, quiero escribir un texto que hable de aquello que pasa frente a la obra más allá de los análisis posteriores.

El arte contemporáneo pareciera caminar de la mano de la inmediatez y donde los tiempos se aceleran buscando muchas veces una legitimación que catapulte a los artistas y sus obras como verdaderos ejemplos de aquello que se espera sea una obra contemporánea. Los recursos para lograrlo no siempre se vinculan con largos procesos de estudio, trabajo, ensayo y error, comunión con los materiales y las técnicas, profundo conocimiento del oficio y la rigurosidad que lo compromete, pero no por eso han dejado de ser obras que actualmente tienen un espacio de expresión habilitado y reconocido. En su larga historia, el arte ha presentado y representado mitos, historias y personajes, ha narrado en imágenes desde una “aparente” neutralidad, otras veces ha tomado posición política y religiosa, se ha presentado como un arma de lucha y de poder portador de un discurso universal y también nos habló y nos habla de los miles de mundos privados, individuales, caóticos y sublimes de los artistas que se ven muchas veces trascendidos por sus propias creaciones.


El trabajo de Jorge Martorell nos abre las puertas de un espacio que combina el poder de los colores terrosos obtenidos a partir de la manipulación de las distintas cepas de vino y del champagne, con la delicadeza de una línea con fuerte impronta, estudiada por décadas de formación y que se hace presente aun en la más absoluta abstracción de alguna de sus obras. Obras que pasan de un vago registro figurativo a la presencia de la abstracción geométrica, luego una visita homenaje por el expresionismo abstracto y sus maestros, para regresar a los espacios oníricos e indefinidos donde se suspende una figura que se sostiene por la propia fuerza de su presencia sin ninguna referencia espacio-temporal. Palabras, copas, sillas, mesas, hombres, zapatos – y mujeres ausentes-, son algunos de los elementos reconocibles en un mundo que pareciera arrancarlos de su entorno y dejarlos al desnudo expuestos para ser vistos en la plenitud de su soledad.

Me enriquece cuando encuentro en un artista la capacidad de transgredir hasta innovar en el empleo de los materiales, artistas que se animan a buscar un camino alternativo pero basados en la solidez que aporta el conocimiento. Jorge es dueño de una factura sutil, elegante que nos permite imaginar ese universo de café y milongas, soledades y desencuentros y hacerlos propios. Un concepto, una idea clara acompaña cada una de las obras y tiene algo para decir… pero no siempre es necesario escucharlo porque el espectador construye su propio relato. Porque como en el arte, en el tango – ¡que vaya si es un arte!- las relaciones son siempre de a dos: la obra necesita del otro para completarse y en el mundo de los pitucos, lamidos y shushetas, por presencia o por ausencia, ese otro siempre está en forma física o como un recuerdo, en un deseo, vivo, muerto, perdido o abandonado, ese otro siempre completa con su vacío o su cuerpo, la pareja de baile.

La obra de Jorge Martorell atrae visualmente y seduce intelectualmente; suficientes motivos para considerarlo un gran artista.